jueves, 26 de julio de 2012

Huelga en Rosario

 El domingo 20 de noviembre de 1904, se produjo en Rosario la huelga preparada por los dependientes de comercio.
Un enérgico manifiesto suscrito por los miembros de la Unión Dependientes de Comercio, congregó el domingo por la tarde una asamblea numerosa en el teatro Colón, asamblea que proclamó la huelga y presentó un pliego de condiciones a los patrones, en el cual se estipulaban las siguientes como indispensables para volver al trabajo: reconocimiento de la Unión Dependientes de Comercio, descanso dominical, ocho horas de trabajo, vida externa y supresión de multas aparte del compromiso de no despedir a ningún dependiente por haber tomado participación en la huelga.








Al día siguiente los huelguistas estaban citados para nueva asamblea y congregados en el local de San Luis 982, a las 3 de la tarde decidieron trasladarse al de la Federación Gremial, San Luis 1442, en vista de resultar estrecho el anterior.



Escoltados por el escuadrón de seguridad al mando de un teniente el cual había tramitido la orden impartida por el jefe político coronel Hernández de no permitir grupos de más de 7 personas.
Mientras esta asamblea se estaba verificando, el escuadrón de seguridad permanecía en la calle con la mano en la empuñadura de los sables y bien a la vista el reluciente revólver Colt.


Serían aproximadamente las cuatro de la tarde, cuando empezó a salir la gente de la Federación. El citado escuadrón de seguridad, sin nada ni nadie que lo provocase, comenzó a atropellar con sus caballos briosos a la gente que se disolvía tranquilamente, hombres y niños, llevando los corceles hasta la vereda.



La batalla duró una media hora, repitiéndose a intervalos con los curiosos que se hallaban en las veredas en toda la extensión de la calle San Luis, desde Paraguay hasta Laprida.
Han resultado varios heridos de estos atropellos armados.


El 22 fue muerto por un oficial de policía el obrero Jesús Pereyra, en momentos que se realizaba una manifestación tranquila por la calle Maipú, profiriendo aclamaciones a determinadas personas y vivas a la huelga.
El cadáver de Pereyra fue velado en la casa de la familia pero segúnse aseguró después, había sido trasladado por orden del jefe político.



En el local de la Federación Obrera se congregaron los huelguistas y de allí partió la numerosa columna que debía ir al cementerio.
Los manifestantes se dirigieron a la calle Paraguay, donde se les incorporó el Centro Socialista.


El escuadrón de seguridad se presentó en ese momento armados los agentes con mauser, lo que alarmó algo a los obreros.


Con gran sorpresa y poniendo en confusión los grupos que la constituían, iniciáronse una serie de descargas que dejaron como víctimas a Luis Carré, zapatero, 40 años, casado, herido de mucha gravedad en el estómago y que falleció; Ceferino García, Francisco Herrera, Jacobo Giacomeli, Lorenzo Barione, Enrique Spagani, italiano, 15 años; Alfredo Seré, argentino, de 10 años, domiciliado General López 864, herido de bala en la región glútea derecha, habiendo salido el proyectil por el hipocondrio derecho, fallecido horas más tarde; Alfredo Herrera.



La repetición de tan luctuosos sucesos puso en alarma a toda la población rosarina y tuvieron todos honda repercusión en toda la república.


El diputado socialista, doctor Alfredo Palacios, se trasladó al Rosario donde fue recibido por una cantidad enorme de obreros que le aclamaron sin descanso.
El mismo doctor Palacios hubo de ser también víctima de los atropellos de la policía y sólo pudo salvarse haciéndose reconocer en su carácter de diputado nacional.


Celebró conferencias con distintos personajes de la situación rosarina exponiendo sus quejas por los atentados de que fueron víctimas los obreros. Dióles también varias conferencias a éstos y así pudo calmar un tanto los ánimos de los huelguistas dados como es lógico de suponer, a las represalias, las que agravarían aún más la situación anormal del Rosario.


Se persigue ahora el justo castigo de los culpables.
La acción de quienes se han tomado tan humana tarea hállase estimulada por el deseo de todos los habitantes de la república para que terminen de una vez estos abusos y atropellos que desdicen de la cultura de que nos jactamos entre propios y ajenos.


Fuente: Caras y caretas 1904 7(322)

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