Los romanos construyeron caminos pavimentados a través de todo el Imperio; su comercio exterior llegaba hasta la China, donde el oro romano se cambiaba por seda y tanto el tráfico comercial como el viajar largas distancias, crecieron y se desarrollaron antes de que la medicina hubiera hallado los medios de cortar el paso a las epidemias más espantosas. En el imperio, que extendíase a lo largo de las orillas del Mediterráneo, la peste y el tifo viajaban en la caravana del mercader y en las filas de las legiones y, cuando llegaban a la ciudad, como una avalancha arrasaban a todo el que hallaban en su camino. La población, presa del pánico, huía, dejando al enfermo que muriera sin cuidados y, finalmente, como un incendio al extinguirse, cuando las últimas víctimas de la plaga acababan de morir, regresaban los que huyeran. Muchos de sus amigos habían muerto, otros, habían sobrevivido, inválidos y deshechos; otra vez se volvían a organizar las comunicaciones, el comercio volvía a florecer y luego, después de un intervalo, de diez años, o de cien, plaga y pestilencia volvían, viajando en la caravana del mercader y en las filas de las legiones, a difundir la muerte y el espanto por la ciudad.
[Fuente: Haggard, H. (1941) El médico en la historia]

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