La mandrágora era un remedio muy común entre los herbolarios. Tenía esta planta una raíz parecida en su forma a la zanahoria, que con frecuencia se dividía en dos partes de modo que, dejándose llevar de la imaginación, se le podía atribuir cierto parecido con el cuerpo de un hombre, cuyas piernas serían la raíz partida por medio; a esta forma humana, se le atribuían las virtudes curativas tan grandes que poseía. Según los herbolarios, se corría gran peligro al agarrar esta planta, porque cuando se la arrancaba de la tierra, daba la mandrágora un chillido terrible, que mataba instantáneamente a todo el que lo oía. El herbolario contaba a la gente que la única manera de agarrar la mandrágora era atando la punta de una cuerda a la planta y la otra alrededor del cuello de un perro; luego de taparse los oídos, para no oir el chillido, el dueño del perro llamaba a éste que, al acudir corriendo tiraba de la cuerda, arrancaba la mandrágora, que daba el gran chillido, y, a consecuencia de todo ello, el perro se moría; ante todas esas dificultades, no había que maravillarse de que semejante droga alcanzara precios elevadísimos.
[Fuente: Haggard, H. (1941) El médico en la historia]

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