El hombre primitivo atribuía a los espíritus, gustos muy parecidos a los suyos, y así imaginaba que hierbas amargas o cualquier menjunje de mal sabor, que a él le repugnaba, también tenía que repugnar al espíritu, que saldría huyendo de un cuerpo que se nutría de tales mezcolanzas. De acuerdo con esta idea, el salvaje, confeccionaba unos medicamentos compuestos de frutas amargas, cortezas, raíces, cieno, carne de ciertos animales, o cualquier otra cosa que pusiera en derrota a los espíritus. La mayoría de estos brebajes no poseían virtud curativa alguna, pero algunos hacían vomitar al paciente, o actuaban de purgantes, a más de unos pocos que eran verdaderos remedios contra la enfermedad o sus síntomas.El cáñamo, el muérdago y la infusión de adormideras ahuyentaban a los espíritus malignos del dolor. La corteza de sauce y el abedul negro calmaban los dolores reumáticos. Los retoños de cicuta, recién recogidos, curaban del escorbuto, y a los enfermos de hidropesía se les daba un sapo hervido en agua y hecho un revoltijo, como el caldo de las brujas de Macbeth, que parecía mejorarlos. ¿Que tales medicamentos eran pura fantasía? Esto es lo que los hombres de ciencia creían hasta hace muy pocos años, cuando descubrieron que en la piel del sapo hay una droga llamada bufonina, que es realmente muy eficaz para el tratamiento de la hidropesía.
[Fuente: Haggard, H. (1941) El médico en la historia]

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