Cuando a pesar de "tocar madera y echar sal por sobre el hombro", como si dijéramos, la mala suerte se encarnizaba con el salvaje, lo cual ocurría a menudo, entraba el hechicero en funciones. El hechicero sabía de los espíritus; dónde vivían, cómo se les podía asustar o sobornar, y así podía dominarlos de muchas maneras. A ciertos espíritus les molestaban los ruidos, otros temían al agua, los había que huian precipitadamente ante el humo y muchos se convertían en aire impalpable cuando se proferían ciertas palabras mágicas.El hechicero, por su lado, hacía de su visita al enfermo una verdadera ceremonia complicadísima. Se llegaba al paciente y hacía medicina y sus acciones tenían siempre por objeto ahuyentar a los espíritus del mal que, según él imaginaba, era causa de la enfermedad. Empezaba por ataviarse de manera que impresionara grandemente a los espíritus, llevando sobre sí gran cantidad de amuletos que los obligaran a obedecer; bailaba, gritaba, agitaba sus cascabeles y armaba un estruendo espantoso alrededor del pobre enfermo, para que los espíritus huyeran aterrados. Algunas veces echaba agua sobre el inválido o lo sumergía en un arroyo; otras, llenaba la tienda de humo y también le daba al desgraciado paciente drogas de un sabor espantoso para que el espíritu saliera escapando de un cuerpo que tan mal sabía y, finalmente, murmuraba entre dientes palabras misteriosas que sólo él y el espíritu entendían y, para convencer a éste de su gran poder, le mostraba cosas rarísimas, como una rana deforme, una serpiente con patas o, en tiempos más modernos, como resultado del contacto con la civilización, un reloj roto de dos pesos, un botón de cuello de camisa, o cualquier otra baratija por el estilo.
[Fuente: Haggard, H. (1941) El médico en la historia]

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